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martes, 11 de octubre de 2011

París por octubre


(fotos del autor)

La semana pasada me exilié a París. En el coqueto hotelito del distrito XVIIème había dos recepcionistas que se turnaban.
La de alba tez y serenos ojos claros se llamaba Mathilde. La otra no. El hotel en que me perdí es el Villa Eugenie, 167 Rue de Rome 75017 Paris.

Más héteme aquí que, por azares del destino, la que aconsejaba certeramente en materia de gastronomía y transporte era la otra. La menos agraciada. La que no se llamaba Mathilde.

La cena en el bistrôt Le Clou, fue exquisita. El nido de hongos salvajes con un huevo poché todavía hace que mis espartanas glándulas y papilas gustativas manen jugos ante el recuerdo de semejante prodigio.

El plato de resistencia me supo a los tiempos pasados en Aquitania. ¡Vaya lubina al horno con una muselina de echalotas! El vino, del Languedoc, no me dijo gran cosa. Olía mejor que sabía. Le Clou, está en el número 132, rue Cardinet. Hay que bajarse en la estación de metro de Malesherbes, línea nº 3 ¡De nada!

El distrito XVII
ème, como casi todo en la vida, está partido en dos. De un lado del ferrocarril, quedan los pobres. Del otro lado, los ricos.



Hay un sitio en el mundo que se llama París. Un sitio muy grande y hermoso y otra vez grande y hermoso. Es más o menos lo que dijo César Vallejo, quien murió allí en 1938, cuarenta y pico años después de haber nacido al contrario que en París, esto es, en un pueblecito andino y pobre, oscuro y remoto que se llama Santiago de Chuco, en el norte del Perú.

La otra recomendación culinaria de la mujer de recepción que no era blanca ni se llamaba Mathilde dió con mis huesos en un restaurante italiano por nombre Nove Sette, 97, rue des Dames, Paris XVIIème.

Bien decorado, con gente guapa en las mesas y un servicio joven, seguramente con contratos más basura que las hipotecas USA. Me costó diez minutos y tres interlocutores distintos que comprendieran y aceptaran que la chica joven de mi mesa iba a cenar dos platos entrantes.

Cenamos bien, la pasta en su punto y el vino toscano también.
Era domingo noche, el barrio parisino estaba atacado de “dominguitis” y en una callejera esquina una chica ebria se pegó un trompazo de marca mayor. La pobre necesitaba más Benadón e Hidroxil en vena
 que yo un cariño verdadero, de esos que no se compran ni se venden…