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viernes, 30 de abril de 2010

GRANADA, MI ALJIBE II


(capítulo segundo)

El pozo, el rebosadero, la entrada de las aguas de escorrentía y la boca de la acequia para las de riego eran los cuatro accesos al aljibe. Hice planos, calculé alturas, sopesé riesgos y cavilosamente elegí la compuerta de la acequia. Bien sabe Dios que también busqué la entrada de las aguas pluviales, pero no di con ella. Al aliviadero mi cuerpo de muchacho no llegaba, incluso subiéndome a la escalera de palos que usaba para coger higos maduros de las empinadas copas de las higueras más altas. Altas eran de tanto mirar al Mulhacén.

No todos los aljibes pueden rellenarse con agua de riego. Mas, siendo los veranos sureños tan parcos en lluvias, es sistema recomendable aunque empeore muy mucho la calidad del agua y conlleve la necesidad de hervir ésta para beber. En la gran casa de la finca Los Cipreses la grifería era inglesa, por nombre Twiford, pero el agua era indígena. Así pesqué yo el tifus o lo que fueran aquellas fiebres delirantes que me revelaron otros mundos, alejados del sistema métrico decimal y de la lógica aristotélico tomista. Doy gracias por ello, aunque de aquellas me quedé con el cuerpo hecho unos vendos y con un palmo más de alto. ¡Palabrita del niño Jesús!.

La del alba sería cuando descalzo y en meyba repté por la acequia y me tiré a lo oscuro. Me profundí en lo hondo. Chichones apenas si me hice, que lo peor fueron las machacaduras, raspaduras y excoriaciones en rodillas y codos. Había calculado mal y el gran recinto aljibarero , de paredes revestidas de ladrillos ensamblados con argamasa y revocados con arena de miga y tierra, tenía poca agua y mucha hondura.

lunes, 14 de diciembre de 2009

MURCIA



En la pedanía llamada Lo-Pagán no había agua corriente, ni red de alcantarillado. El agua potable se almacenaba en un aljibe que no recogía aguas pluviales, sino que se llenaba con un camión-cuba. Las fecales vertían a una fosa séptica que era medianera con el aljibe.


Las otras aguas del aseo y lavado de ropa iban a dar a la mar, vía los correspondientes alba- ñales, situados enfrente de nuestra casita. Justo donde nos bañábamos en la mar salada.


Después de varias horas al remojo en el Mar Menor, nuestra higiene de niños se completaba, en barreños de agua tibia, calentada al sol por el cariño de mi tata y por los 45º centígrados propios del verano murciano.


Yo era un niño limpio, que olía a rosas del campo. No existían desodorantes, ni cremas con factor de protección solar. Por lo cual que yo he visto clavículas de hermanos sin piel ni carne. Al aire libre el hueso, de puras quemazones.


Lo-Pagán, San Pedro del Pinatar, Murcia. Pantalón de baño Meyba. Jabón “Lagarto” para cabello y cuerpo. Te secaban al sol, como a las huevas de mújol, tesoro local que es manjar equiparable al caviar del Caspio, y tiene más colesterol que éste. ¿Quién sabía en los viejos tiempos de colesterol?