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martes, 4 de mayo de 2010

GRANADA, MI ALJIBE V


                                                            ( quinto capítulo )


Imité su quietud. Si dejas que tu sangre baje a 35º, ya no tienes por qué moverte ni pensar ni desear. Las ondas del agua reverberaban en la bóveda negra que sirve de cielo a las tortuguitas de pozas y aljibes. A la noche segunda la luna en lleno de septiembre estalló en la caverna de agua. Entraba por el brocal del pozo y se rompía en mil luminiscencias espectroscópicas. Me sentí aupado hasta las estrellas a pesar de estar tieso como un ajo.

Los beneméritos Quintero, León y Quiroga calcaron mis lunáticos sentimientos de aquella noche en su copla, gloria bendita y de gran nombradía, “Ay pena, penita, pena”:

“Si en el firmamento poder yo tuviera,
esta noche negra lo mismo que un pozo,
con un cuchillito de luna lunera...”

No vi peleas ni injurias. Nadie se querellaba contra sus semejantes. Las larvas eran engullidas, pero siempre dejaban algunas para ser fruto adulto. Aunque éste fuera un cabrón de zancudo que alargaba la vigilia de la larga noche de un niño ya de por sí en vela. De zagal sabía que nunca un mayor ayuda a conocer lo que importa. Enseñan lo accesorio. Obligan a practicar lo secundario. De lo principal se encargan las añas, el amigo que fuma y cambia revistas de señoritas en cueros y, más tarde, las mujeres del arte horizontal.